tardes de cine
CINE CHILENO — 12 October 2016
Pablo Larraín y el cine como artefacto de la ilusión
Por Ernesto Garratt Viñes
Pablo Larraín pasa del español al inglés y viceversa. En el curso del Festival de Cannes 2016, el director chileno -que nuevamente ganó reputación debido al aplaudido paso de Neruda, su particular biopic del bardo chileno, por la sección Quincena de Realizadores-, contesta en a lo menos estos dos idiomas a las preguntas y dudas de la prensa acreditada de distintas partes del mundo.
Gael García Bernal comparte por segunda vez desde No -título con el que Larraín triunfó en esta sección paralela del festival hace cuatro años- un trabajo con el chileno, y en Neruda la estrella mexicana es parte esencial de un argumento que desconstruye la figura del Premio Nobel bajo la guía aparente de un thriller policial.
García Bernal es el detective Oscar Peluchonneau, quien debe perseguir y cazar a Pablo Neruda, interpretado por un soberbio Luis Gnecco, durante la llamada “Ley Maldita” decretada por el Presidente Gabriel González Videla, y que persiguió a los militantes comunistas. Thriller, pero además una película que habla acerca del arte de crear, Neruda es una y más cosas a la vez. No es solo la biografía del poeta, no es solo un manifiesto artístico, también es un ensayo de nivel poético y resulta -hasta la fecha- la mejor película del director chileno, nominado al Oscar en las categoría Mejor Película Extranjera por No en 2012.
Cuando mandas una película a un festival como este, tienes que llenar un formulario donde debes poner la duración, formato, sonido, el color… y también el género -cuenta Larraín sobre las clasificaciones y etiquetas que hay que manejar para estar en el circuito de festivales-. Y de la productora me preguntaron qué ponían ahí (en “género”). Y yo les pedí que lo dejaran en blanco. Y me respondieron que no se podía enviar así. Y, bueno, llamé al festival porque la verdad es que no tenía idea qué poner y no quería encasillar la película… Era un poco una comedia negra, tenía elementos de cine negro, western, suspenso, comedia negra, drama, etcétera. Y creo que eso se debe justamente a lo que fue Neruda: alguien inclasificable, inasible, imposible de meter en una caja. Mucho menos en una película, lo que resultó siendo finalmente bastante liberador. Porque dices, ya Neruda es un fantasma enorme: político, poético, rabioso. Y te das cuenta de que nunca va a ser tuyo.
Pablo Larraín conoce bien cómo funciona un mecanismo del festival de cine. Es la tercera vez que reincide en la selección oficial Quincena de Realizadores desde que en 2008 debutó en la Costa Azul con su segunda película, Tony Manero. Luego vendría No, en 2012. Por eso, Neruda marca una presencia continúa dentro de este aparataje que es vitrina de resonancia global para una película centrada en la figura del poeta.
Leímos múltiples biografías, hicimos una investigación larga y profunda, leímos la mayor parte de su trabajo varias veces, incluyendo Confieso que he vivido -dice el director sobre cómo se preparó para abordar, con un lúcido guion del dramaturgo chileno Guillermo Calderón, una fase concreta en la vida del poeta-. Y créeme, hoy no sé bien quién es Neruda.
Viaje de película

Neruda es un filme que persigue la figura del poeta, pero más que definiciones totales, es el camino recorrido en busca de su sombra lo que más resuena al final.
Con Guillermo y mi hermano Juan de Dios decidimos armar una película sobre la construcción de una leyenda. Personalmente pienso que Neruda sabía que no lo querían atrapar. Y, por lo tanto, puedo suponer que estaba muy consciente de lo que significaría para él una persecución a gran escala. A mí siempre me pareció absurdo que no lo hayan agarrado cientos de policías casi en dos años, sobre todo con un Neruda que estaba todo el tiempo escondido -comenta Larraín sobre un método que se acerca a un juego de espejos entre creador y creación. Porque, como plantea la historia, esta es la cacería entre un personaje secundario con ínfulas de protagonista -el detective pequeño y casi invisible- y el personaje principal que pasará a la historia con letras grandes. Neruda, además, escribe en su propia vida una fuga de película: grandilocuente y espectacular.

neruda1_816x544

Lo que yo creo que hace muchas veces el cine es fabricar un accidente, lo que haces es agrupar elementos que quieres controlar en función de generar un descontrol -sigue explicando Larraín una manera de filmar que no resulta del todo ortodoxa-. Creo que es bonito exponerse a eso, no intentar controlar algo que no puedes controlar. Por ejemplo, sé que los hermanos Coen primero escriben un guion muy preciso,  luego hacen el storyboard y después lo filman calcado. Y luego van a la sala de edición y arman la película que siempre supieron que iban a hacer. Y hacen películas increíbles y los admiro muchísimo. Pero yo no tengo esa capacidad, no sé cómo hacer eso. Para mí es llegar al set y es ahí donde encuentro cosas inesperadas, y realmente disfruto eso, sobre todo porque se abren puertas hacia lugares desconocidos que luego se organizan en la edición.
Y lo inesperado es lo que siguió en el set de Neruda, una cinta que no se preocupa precisamente de mostrar solo el lado amable del Nobel. Se lo ve mujeriego, gozador. En una zona gris, sin la estridencia de la santidad, pero tampoco en las sombras de la estigmatización. Sobre todo, se le ve humanizado.
La película no es sobre Neruda mismo, sino sobre su mundo, lo nerudiano. Neruda fue un tipo cultísimo, un político enorme, que amaba la comida, cocinar, el vino, todo tipo de literatura, un experto en novelas policiales, un coleccionista de todo tipo de objetos de alrededor del mundo -detalla el director-. Escribió poesía sobre el amor, sobre la comida, paisajes, culturas, así creó un mundo muy complejo y sofisticado alrededor de él, que es lo que llamamos “lo nerudiano”. Y la película es, entonces, más “nerudiana” que “sobre Neruda”, es acerca de ese cosmos que él creó. Y sobre todo porque, en esa época, él estaba escribiendo Canto General. Neruda es conocido mundialmente más por sus poemas de amor, pero los poemas que realmente más nos interesan y más nos motivaron para la película son esos poemas de rabia, de furia, de política profunda, que a lo mejor no están en las antologías o no son los grandes hits.
Hay un momento en la película donde Amparo Noguera -en apenas unos minutos- se roba la escena cuando está atendiendo al emperifollado Neruda en el living de una casa y ella, sumisa, militante, obrera, le lanza una crítica sobre lo que predica y práctica en términos de igualdad.
No creo estar aquí para decir qué estaba bien o qué estaba mal en él, que aburrido sería eso: el insoportable “cine profesor”, que es casi tan insoportable como el “crítico profesor”, que tanto se lee por nuestra tierra -comenta Larraín-. El cine que me interesa crea una forma de peligro, y lo que ahí se muestra es una situación de peligro. No me interesan los panfletos. Solo quiero trabajar con los elementos y las herramientas que la naturaleza de la historia tiene. Neruda fue un hombre que a los 20 años ya era un best seller, así que tuvo una buena vida. Pero no creo que él traicionara sus ideales. Lo que quizá tenía eran contradicciones, y ahí está la fisura, la grieta que produce filo. Esas contradicciones son las que lo hacen más interesante, y por supuesto que las abordamos, porque es interesante y divertido.
La historia de Neruda ocurre diez años antes de la revolución cubana, y cuatro años después del término de la Segunda Guerra Mundial.
El mundo era distinto, modernista, tenían sueños distintos y es difícil pensarlo desde la perspectiva de hoy. Estuve leyendo el discurso que Pablo Neruda dio cuando recibió el Premio Nobel de Literatura, y en gran parte de él, explica cuán importante fue en su vida como escritor y comunista, cuando cruzó los Andes, porque fue ayudado por gente que no conocía y ahí comprendió en profundidad la importancia de la fraternidad humana.
Para ejemplificar su manera de rodar, de buscar accidentes controlados para que aparezca una “verdad”, Larraín cita al crítico de cine estadounidense Jonathan Rosenbaum:
En los 80, Jean Luc Godard le dio una entrevista a Jonathan Rosenbaum. Ahí decía que la mayoría de los directores se veían a sí mismos como estaciones de trenes o aeropuertos. Y él prefería verse a sí mismo y al cine como un avión, un tren, como algo que estaba en tránsito, en movimiento. Es un tránsito sin un destino específico, moviéndose de una estación a otra. Y yo creo que esa es la más acertada y bella definición sobre el cine. El traslado como destino.
El valor del error

Pablo Larraín, que cumplirá 40 años este 19 de agosto, no comenzó su carrera como director con el mejor diálogo con la crítica chilena, cuando estrenó su ópera prima Fuga hace una década. La historia de un prodigio de la música (Benjamín Vicuña), traumatizado por la muerte de su hermana, no consiguió vítores de la crítica local. Pero después de ese impasse, Larraín comenzó un viaje artístico en el Teatro La Memoria, con su amigo-mentor Alfredo Castro, que dio pie a la eclosión de la extraordinaria película Tony Manero.
Estoy un poco más viejo también y me importa menos equivocarme -dice Larraín-. De Raúl Ruiz hablamos muchas cosas, de lo maravilloso su cine, de su poética, y de lo importante que es para nosotros su obra y su figura. Pero Raúl Ruiz, para hacer sus ciento y tantas películas, tienes que, creo yo, esto no me lo contó nadie, lo asumo, tienes que tener mucho amor por el error. Una de las cosas que se debe aprender de Raúl Ruiz es la libertad de seguir adelante y equivocarse, y de seguir y seguir. Ascanio Cavallo dijo que Woody Allen estaba filmando malas películas porque había elegido la cantidad en vez de la calidad. Yo no tengo idea, pero también asumo esto, que si tú le preguntas eso a Woody Allen, él se reiría a carcajadas, porque lo que está haciendo es filmar las películas que quiere filmar. Y el viejo está escribiendo y filmando lo que puede y lo que quiere. Y esa es la labor de un cineasta: ir y filmar con las consecuencias que tenga. Hay una cosa que se llama quehacer, que son las cosas que hacemos, el quehacer cinematográfico es tu trabajo, y creo que hay una belleza en eso. Es bonito exponerse a eso. Qué tanto.
-¿Qué ha cambiado en tu método desde que empezaste?

He cambiado un poco mi método en las últimas películas. Nunca ensayo, pero antes acostumbraba leer y hablar con los actores por horas, y hoy cada vez lo hago menos. Ahora hablo con ellos lo estrictamente necesario, tomamos decisiones, repetimos esto y eso. Pero no trabajamos mucho en la preparación. Prefiero incomodar un poco al actor, que nunca esté completamente seguro ni en absoluto control del personaje. Creo que cuando tenemos la forma del personaje podemos discutir un poco, pero después tenemos que hacerlo en cámara. Un actor nunca realmente se va a sentir en su personaje hasta que ya esté en el traje de él, con su maquillaje y delante la cámara. No es lo mismo cuando estás alrededor de una mesa leyendo un parlamento sin maquillaje y sin caracterización, se siente vacío; a diferencia de cuando estás frente a la cámara y gritas: “Rodando… Acción”, que es como abrir fuego y se genera tensión.
Después de estrenar en 2015 El club, filme con el que ganó el Festival de Berlín, y estos meses Neruda, el próximo año será el turno de Jackie: el debut de Larraín en Hollywood, con una biografía de la primera dama centrada en su vida después del asesinato de John F. Kennedy en 1963, protagonizada por Natalie Portman.
Jackie-1-620x416
Estrenada en el Festival de Venecia, donde ganó el Premio al Mejor Guión de Noah Oppenheim, Jackie ya suena como una de las películas favoritas para la próxima temporada de premios. Visible en el Festival de Toronto, donde pude verla, se trata de una película compleja, completamente “larraiana” porque siguiendo el estilo arriesgado del director chileno, entra en el terreno de Hollywood, usando herramientas y códigos propios del chileno. Es decir, un aprecio por la provocación del cine más personal, tiempos más lentos y de capas y una historia desarrollada en varios níveles: desde el personal y emotivo, claro, con una Natalie Portman soberbia, un Peter Sarsgaard muy sólido, pasando por las revisiones testimoniales de la Historia propias del cine “nacional” de Larraín, ahora transportadas a la Historia estadounidense y la tragedia de Jackie: viuda habitante del Camelot en que se convirtió la Casa Blanca durante el reinado de su marido y una excusa perfecta para el director para hacer estallar el cine como artefacto con footage real, tal como Larraín hizo en su espléndida “NO”.
Ahora que filmó esta película en Estados Unidos, con íconos como John Hurt, Greta Gerwig y los mentados Peter Sarsgaard y Natalie Portman, Larraín dice:
El nivel de los actores chilenos es clase A, mundial. No tienen nada que envidiarles a los actores que hay fuera de Chile… No sé de adónde ni por qué pasa eso. Es una maravilla tener tantos y tan buenos.
Y para Neruda, dice, pudo contar con actores que por general hacen protagónicos, en roles pequeños. Como Amparo Noguera o Alfredo Castro.
-Quería que la película estuviese poblada de gente del mejor nivel que conozco.
En Neruda, la recreación de época y el sabor y pliegues del cine clásico, de los años 40 y 50, se palpa de manera reflexiva. Sobre una pantalla donde se notan los pliegues que unen las partes, se proyectan imágenes que dan la sensación de movimiento en escenas dentro de autos, como solían hacerse en el cine de antaño.
Hay un placer en el artificio, hay algo muy rico e interesante en que ciertas cosas se noten. Hay cineastas que incluso, como (el director portugués) Miguel Gomes, panean a su equipo: al camarógrafo, al del micrófono, panea y luego vuelve a la escena. Hay algo en el artificio que encuentro muy bonito porque es súper artesanal esto. Y siempre que estoy filmando le digo a Sergio Armstrong (director de fotografía chileno, invitado a formar parte de la Academia de Hollywood): el absurdo de todo lo que estamos haciendo: la gente que pasa por la calle cuando uno está filmando y se para y mira esto como si fuera un espectáculo: son dos mundos que están completamente separados con el objeto de crear una ilusión. El trabajo de un cineasta se parece mucho más al de un mago, un mago antiguo: hay un tipo que está tirando el humo, alguien que cambia una luz, otro que tira un cordel, y se crea una ilusión. Y todos saben que es una ilusión, pero una en la que queremos estar, porque tal vez hay un pedazo de esa ilusión que tiene más vida que la vida misma. Entonces pensamos y nos emocionamos. Eso es el cine ¿no?
TEXTO PUBLICADO ORIGINALMENTE EN REVISTA SÁBADO

Related Articles

Share

About Author

admin

(0) Readers Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published.