tardes de cine
ARTÍCULOS — 13 August 2014
Robin Williams: Al final… nos hiciste llorar

Robin Williams conocía a Christopher Reeves desde que ambos eran estudiantes, jóvenes actores que aspiraban a la grandeza. Y ambos la tuvieron como el bufón y Superman, respectivamente.

En los primeros meses de 1973, Williams y Reeves entraron juntos como parte de la veintena de estudiantes en la exclusiva escuela formadora de talentos Juilliard. Meses después, sólo los dos fueron aceptados por el colaborador de Orson Welles en ‘El ciudadano Kane‘, el grande y olvidado John Houseman, en un programa más avanzado.
Y ambos estaban sobre el promedio.

Robin Willams ‘started the joke‘ (empezó la broma) desde esos tempranos días, cambiando de voces, imitando, siendo una máquina de la improvisación.

Un Peter Pan que nunca creció hasta que decidió ahorcarse en su casa de Tiburón, California, el lunes 11 de agosto, poniendo así fin a un chiste eterno del que era rey creador y vasallo ejecuntante.

Robin Williams conocía a Christopher Reeves y fueron siempre amigos cercanos y en el momento más duro de la vida del actor que hizo de Superman, cuando quedó condenado a una silla de ruedas, su amigo bufón se anunció en la pieza de su sala de hospital. Como reseña la revista Esquire, Williams apareció en el marco de la puerta, imitando un gracioso acento ruso, vestido con un sombrero de matorrales y con una bata médica de amarillo.

Ahí, siempre riendo, Robin Williams le dijo a un triste Reeves:

-Dese vuelta, señor, soy su proctólogo.

Fue la primera vez que Christopher Reeves río, después de su caída de un caballo que lo dejó inmovilizado desde el cuello para abajo.

Y ese era el súper poder de Robin Williams. El hombre que revivió a Superman. Williams nos dio además alegría a todos con su capacidad cómica que sobrepasaba la represión de lo que estaba escrito en los guiones que leía, pero que luego mejoraba con su arte para la improvisación. Creativo, inquieto, hiperventilado, el actor que ganó un Oscar al Mejor Actor Secundario en 1997 encarnando la mesura y seriedad de un sicólogo en ‘En busca del destino‘, con los por entonces debutantes Matt Damon y Ben Affleck, siempre estaba sacando lo mejor de sí mismo, cuando ocultaba al resto y a todos nosotros, los espectadores, lo peor de sí mismo.

Fantasmas como la adicción a la cocaína, el alcohol, la depresión, quizás lo debilitaron por dentro, convirtiéndolo en alguien frágil y vulnerable, mientras que por fuera era el bufón de la corte. Así era el comediante que fue mimo en el Central Park, que hizo stand up comedy en sus inicios y que encontró tierra firme en el cine como un marinero: un Popeye que resultó la perfecta imitación de las historietas y animaciones del popular personaje creado en las viñetas por E.C. Segar.

Robert Altman, el director de esta rareza de 1980, lo dirigió para descubrir que una estrella había nacido.
Pero en la televisión, Robin Williams ya había nacido como una estrella pequeña bajo la apariencia de Mork, el extraterrestre infantil e ignorante de las costumbres humanas que vive con Mindy (Pam Dawber) en la serie ‘Mork & Mindy‘ (1978). Ese fue el verdadero germen de Robin Williams como estrella y como personaje.

El personaje que cultivó y explotó durante casi toda su carrera y ese es el Peter Pan eterno, el adulto incapaz de crecer, pese a las arrugas, la adultez y las responsabilidades.

Y eso se demuestra en la olvidada ‘El mundo según Warp‘ (1982), una perfecta película de George Roy Hill donde es Garp, un hijo que no puede dejar de ser hijo. Único vástago de una madre con fuertes opiniones feministas, la enfermera Jenny Fields (una perfecta Glenn Close), en esa película Williams trata de crecer y ser un hombre pero está encapsulado y perseguido por su condición de hijo.

En ‘Hook‘ (1991), de Steven Spielberg, es un Peter Pan que ha olvidado que alguna vez fue Peter Pan y se lanza a buscar sus raíces mágicas. Y en “Jack” (1996), de Francis Ford Coppola, Williams es un niño que biológicamente crece más rápido que los demás y entra al colegio con la apariencia de un cuarentón.

Robin Williams, en sus comedias, era el hombre que no quería dejar de ser un niño y en ‘Papá por siempre‘ (1993), de Chris Columbus, es el padre y marido separado Daniel Hillard que se disfraza de una anciana inglesa, la “nana” Mrs. Doubtfire, para ver a sus hijos y tratar de recuperar a su esposa, Sally Field.

Daniel Hillard, o sea Robin Williams, es un niño encerrado en el cuerpo de un adulto y ese personaje lo repitió, con matices, capas y talento, en muchas de sus comedias, como ‘Jumanji‘ (1995), como el hombre que alguna vez fue un niño y que se perdió dentro de los laberintos de ese juego de salón mágico durante décadas.

Pero en el drama, en el cine serio y ese que le gusta tanto a la Academia de Hollywood, Robin Williams era todo lo contrario. En el drama Williams era el adulto sensible que ayudaba a mejorar la infancia y juventud de otros: como el profesor John Keating de ‘La sociedad de los poetas muertos‘ (1989), de Peter Weir, sin duda como el sicólogo Sean Maguire que intenta ayudar a encontrar su destino a Matt Damon en ‘En busca del destino’ (1997) y claramente como el doctor que alegra las vidas de chicos enfermos en ‘Patch Adams‘ (1998).

Fueron cuatro nominaciones al Oscar por su lado dramático.

Pero nada por su lado cómico. Y aunque se peleó con Disney porque cuando puso su voz en el lúdico e infantil Genio en la animación ‘Aladino‘, la factoría del Ratón Mickey no respetó acuerdos previos con el actor, el comediante nunca dejó de reír y hacernos la vida un poco mejor.

Hay dos películas de 2002 en las que inéditamente ofreció una cara más oscura, la más oscura quizás de su carrera. ‘Insomnia‘, de Chris Nolan y un thiller sin chiste alguno y la otra es ‘Retratos de una obsesión‘, de Mark Romanek, en donde hizo de un oscuro y perturbado hombre que revela las fotos de sus clientes. Siempre me llamó la atención como este alegre y chistoso artista pudo conectarse tan bien con su personaje en ‘Retratos de una obsesión‘: un outsider que se obsesiona con una familia cuyas fotos reveló.

Es difícil especular que pasaba dentro de la cabeza de Robin Williams cuando decidió quitarse la vida, si es que así lo hizo. Pero quizás había algo de esa oscuridad que no dejaba que nadie viera, que no permitía que nadie escrutara porque apagaba y eclipsaba la broma y chiste que lo hacían funcionar.

En ‘El pescador de ilusiones‘ (1991), de Terry Gilliam, Robin Williams es Parry, un hombre golpeado por la depresión y el tormento y el director de ‘Brazil’ y ex Monty Python, se despidió así de su amigo y actor:

– Robin Williams, el milagro más asombrosamente divertido, brillante, profundo y tonto de la mente y el espíritu, ha dejado el planeta. Era un corazón gigante, un amigo bola de fuego, un maravilloso regalo de los dioses. Ahora los cabrones egoístas se lo han llevado de vuelta. ¡A joder con ellos!

Yo creo que ahora, esos dioses, deben estar riendo a carcajadas con el recién llegado. Pero estimado Robin Williams, al final, y nunca pensé pensarlo ni decirlo, al final, nos hiciste llorar a todos.

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Hugo

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